La perspectiva de Kiyah Reigns sobre "Lucky You"
Escribo porque no tengo otra opción. Es como preguntar por qué alguien respira. Mi única opción es compartir. Escribir no es un pasatiempo ni una pasión; es supervivencia. Es mi forma de procesar, de existir, de entender mi existencia. Dejar de escribir no es una opción. La única decisión es si el mundo puede verlo.
"Miss You Grandma" era fiel a la realidad, y tenía una versión pulida, pero decidí presentarles a los oyentes la canción en su infancia, en su dolor. Estaba literalmente en ese armario, sosteniendo su Biblia, aspirando su aroma. Podría haberles dado la versión refinada, pero les presenté a mí en uno de mis momentos más vulnerables: sin escudo, solo una chica sufriendo. Esa versión cruda es el momento más crudo que podía ofrecer. Ese es el poder de elegir la vulnerabilidad sobre la perfección.
Creo que mi música refleja fielmente quién soy. Al correr el telón, verán lo profundamente real que es: desde mis miedos hasta mi forma de vivir, las compañías que tengo, y aquellos que obviamente faltan en mi vida. El anonimato me permite ser sincera con ustedes sobre todo: mis defectos, mis desamores, mi crecimiento y mis caídas. Puedo darles todo de mí sin reservas ni vacilaciones. La máscara, en realidad, permite más verdad, no menos.
Cuando me estanco, escucho mi propia música en busca de inspiración o de una pista sobre lo que me falta o lo que me frena. A veces la respuesta está en lo que ya he dicho: un hilo que no seguí, una emoción que toqué pero no exploré. Mi catálogo es un mapa de dónde he estado y adónde aún me queda por llegar.
No tengo supersticiones personales. Para mí, escribir es respirar: no requiere rituales, solo honestidad.
Normalmente la letra viene primero, pero a menudo llega con una melodía. Suelo escribir basándome en mi mundo interior. Mi respiración, mi pulso, mi cuerpo, me dan la base antes de producirla. El ritmo ya está ahí: en cómo me siento, en cómo late mi corazón, en cómo deben moverse las palabras. La producción viene después, para armonizar con lo que ya vive en mí. La canción existe antes de ser grabada.
No tengo métodos que me ayuden a desarrollar mi creatividad; es parte de mí, siempre estoy creando. Pero si intento escribir desde un lugar específico, me aíslo. No escucho a otros artistas y mantengo la comunicación con el mundo exterior al mínimo. Necesito ese espacio para habitar plenamente cualquier emoción o verdad que esté procesando. El ruido externo interfiere con la claridad interior. Así que el aislamiento no es tanto un método como una protección para el proceso creativo.
La mayor parte de mi música empieza como poesía. Escribo para procesar, para sobrevivir, para encontrarle sentido a las cosas. Pero a veces mi ritmo interno me susurra que necesita el acompañamiento de una pista. Es entonces cuando las palabras se convierten en canciones. No lo fuerzo; escucho lo que la pieza necesita. Algunas se quedan en la página. Otras exigen ser escuchadas de otra manera. La música me encuentra; simplemente la sigo.
No he tenido la oportunidad de colaborar con otro compositor; el anonimato lo dificulta un poco. Ahora mismo, mi sonido es completamente mío, lo que significa que es puro y profundamente personal. Pero me encantaría y agradecería el intercambio. Una colaboración sin duda le daría una nueva vida y un nuevo impulso a mi música. Eso es transformación, y la agradezco. Trabajar solo me da total control creativo y autenticidad, pero no me opongo a dejar que alguien más participe en el proceso si es la persona adecuada.
Escribir me apasiona. Me pierdo en ella. Si pudiera simplemente escribir y pasar a la siguiente fase con pautas, lo haría. Las palabras, el ritmo, la verdad: ahí es donde vivo. La producción es necesaria y he aprendido a navegarla, pero escribir es donde surge la magia para mí. Todo lo demás consiste simplemente en dar vida a las palabras.